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Leyenda de la Sirenita

Hace mucho, mucho tiempo, cuando Varsovia no era más que una aldea de pescadores, los ríos y los mares estaban poblados por sirenas de cabellos de oro. Cierto día una de ellas emprendió un viaje hacia el sur, dejando atrás el Mar Báltico. Surcó aguas arriba el río Vístula, admirándose de los paisajes que iba dejando a su paso. Cuando se hubo cansado de tanto periplo arribó a una playa de arena fina ubicada a los pies de lo que hoy se conoce por la Ciudad Vieja. – ¡Qué bonito es esto! –exclamó mirando en derredor–¿Y si me quedo aquí? –aventuró. Y se quedó.
De día jugueteaba en las aguas menos profundas, de noche se zambullía en lo más profundo del río. Le encantaba gastar bromas. Los pescadores se extrañaban al ver agitadas las aguas del río y se enojaban al encontrar vacías de pescado sus redes. Por fin, enfadados, decidieron cazar a la maldita criatura.

Pero la Sirenita nunca les tuvo miedoy se puso a cantar canciones sobre el Vístula. Embelesó con su canto a los castores del río, que sacaban sus hocicos de entre las matas de sus madrigueras, a los cormoranes posados sobre troncos de árboles flotantes, todos terminaron encantados por su música. Con el tiempo su voz conmovió hasta a los pescadores, que abandonaron la idea de apresar a la criatura, jurándose que no le harían daño alguno.
Pero el peligro estaba al acecho. Vivía por aquellas tierras un rico y avaro mercader. En la preciosa voz de la Sirenita vio la promesa de una gran fortuna. –La capturaré y la llevaré de romería en romería para que cante al populacho y así me haré rico –resolvió el ambicioso comerciante. Y así fue. Valiéndose de una vil treta, tomó presa a la Sirenita. La puso en un baúl de madera y fue de feria en feria, pero la Sirenita jamás cantó. Acostumbrada a la libertad, no hizo más que llorar.

Oyó el llanto de la infeliz un joven zagal, hijo de pescadores. Junto con otros como él liberó a la Sirenita y castigó duramente al avaro mercader. Rebosante de júbilo, la Sirenita agradeció a sus liberadores la hazaña prometiendo a cambio ser la guardiana de su aldea para siempre.
Los años fueron pasando y la aldea se hizo pueblo, y el pueblo se hizo una gran ciudad. Hoy la Sirenita es el símbolo de esta villa y parte de su blasón, portando en sus manos una espada y un escudo.
Dicen que a veces emerge de las aguas del Vístula, para ver cambiar la capital. Con un poco de suerte también tú podrás verla. Estate atento, que sirenitas hay en toda Varsovia. Adornan portales, farolas, vidrieras y letreros. En la Plaza del Mercado, a orillas del Vístula o en el puente Markiewicz próximo al Hotel Bristol verás sus monumentos. Te deseamos que consigas encontrar aquella que te cautive con su encanto.

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