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Leyenda de la Pata de Oro

En los tiempos de antaño vivía en las mazmorras del castillo de la familia Ostrogscy una princesa convertida en pata de oro. Decían que al que lograse encontrarla la pata lo haría rico. Muchos lo intentaron, pero siempre en vano. Corrió la voz, fue pasando la noticia de boca en boca hasta llegar a los oídos de un joven y humilde zapatero, Lutek. Díjose Lutek: – ¿Qué pierdo por probar? Y así hizo.
La noche de San Juan bajó Lutek a las mazmorras del castillo y la suerte le sonrió. Consiguió encontrar a la pata y prometiole la pata riquezas desmesuradas, no sin antes entregarle un saquito con ducados de oro y una condición: – Los ducados de oro has de gastar en un solo día, pero recuerda que no podrás compartirlos con nadie –dijo la pata. Si logras hacerlo te haré rico.

No cabiendo en sí de gozo por lo fácil que se anunciaba la empresa, el zapatero dio rienda suelta a sus antojos. Compró primero prendas de lo más exquisito, un bello sombrero y una caña de señorito, y así ataviado llegó a una posada para saciar el hambre y la sed. En una carroza tirada por cuatro caballos viajó hasta el pueblo de Wilanów, pero en eso no habían ido más de cinco ducados. Volvió a la ciudad y vio un cartel que decía Teatro Nacional. – Nunca he ido, qué idea más buena –se dijo y compró una entrada al palco más privilegiado. Pero en esto llegó a gastar apenas medio ducado.
Al caer la tarde salió Lutek a pasear por la calle sin atinar en lo que debía gastar el dinero. ¡Qué pesados se le hacían los ducados! De repente en una esquina de la calle vio a un pordiosero veterano y tullido al que le faltaba una pierna. – Señor –dijo el mendigo– llevo dos días sin probar bocado, he ido a guerras, he recibido medallas, pero desde que me arrancaron la pierna no tengo alimento.

Se compadeció Lutek del pordiosero y, alcanzando con la mano el bolsillo, le ofreció un puñado de ducados. En ese mismo instante se levantó un vendaval enorme, retumbaron los truenos y oyose la voz de la princesa encantada: – Has incumplido tu palabra. Y Lutek volvió a ser al de siempre: un pobre diablo.
– No es la riqueza, no son los ducados lo que depara la suerte. La suerte nace del trabajo honesto, de la salud y del buen corazón. Recuérdalo, te lo digo yo, veterano que soy –le dijo el soldado.
Volvió Lutek a casa. ¿Enfadado y descontento? No: alegre y aliviado. Y pronto cambió su suerte, la fortuna le sonrió. Se hizo capataz y se casó con una bella doncella. Los dos fueron felices y de la pata no se volvió a saber.

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